Hay formas ruidosas de subir impuestos y hay formas elegantes. Sutiles. A mi me gusta más definirlas como hijoputescas.
La ruidosa es sencilla: se aprueba una reforma fiscal, se anuncian nuevos tipos, se debate en el Congreso y aparecen titulares en prensa… Vamos, lo que se suele hacer cuando se quiere avisar a todo el mundo. Una buena campaña de medios, como debe ser mínimamente funcional para que la población conozca lo que debe pagar.
La hijoputesca es mucho más discreta: no tocar nada… y dejar que la inflación haga el trabajo sucio .
Lo pondré sobre la mesa directamente: Si el IPC sube y los tramos del IRPF no se actualizan, usted paga más impuestos.
Aunque su poder adquisitivo no haya mejorado. De hecho, será al contrario.
No es una teoría. Es aritmética.
Y si quiere, lo vemos en detalle.
El detalle que casi nadie explica
El IRPF es un impuesto prediseñado como progresivo. Eso significa que no todo su salario tributa al mismo porcentaje. Conforme más se cobra, se va elevando el de escalón. Los primeros (por poner ejemplos) 19 000 € que percibas anualmente tributarán a un porcentaje menor que los siguientes 10 000 €. Cada tramo tiene un tipo distinto y, conforme aumenta la base imponible, aumenta el tipo marginal aplicable.
Se puede entender más rápido si decimos que, a mayor cantidad de ingresos; el porcentaje total de lo que se debe pagar de IRPF aumenta. El porcentaje, no el resultante de ese porcentaje (que también lo hará). Cuanto más grande sea tu tarta de ingresos, más grande será la porción que que quiten de la misma.
Hasta aquí, nada nuevo.
El problema no está en que el impuesto sea progresivo. El problema está en que los tramos están definidos en euros nominales. No en euros reales. Y la inflación erosiona el valor real del dinero. Si sumamos estas dos circunstancias, tenemos el coctel impositivo perfecto.
Cuando el IPC (índice de precios de consumo) sube significa que el coste de la vida ha aumentado. Es más, el IPC siempre se calcula a posteriori (ya te ha subido el coste de vivir y llevas tiempo pagándolo). En teoría; este índice se diseñó para tener una idea representativa del sobrecoste anual que tienen los elementos que forman la media de las compras de una persona. Además, se diseño teniendo en cuenta que debería reflejar principalmente la cesta de productos básicos… Pero ese melón lo dejo para abrir otro día.
Así, anualmente; todo coste debería elevarse idealmente con el IPC. Costes como deben ser los salarios. Si su salario sube en la misma proporción, usted no es más rico. Simplemente mantiene su capacidad de compra.
Pero fiscalmente sí parece más rico.
La llamada “progresividad en frío”
Este fenómeno tiene hasta un nombre técnico: progresividad en frío.
Sucede cuando los salarios aumentan por efecto de la inflación, pero los tramos del IRPF permanecen congelados.
Con un ejemplo todo se entiende mejor. Imaginemos una situación sencilla, pero representativa de la realidad:
Un trabajador gana 30.000 euros al año.
Al año siguiente, el IPC sube un 5%.
Su empresa, como debe de hace según la mayoría de convenios colectivos; le revisa el sueldo también un 5% (esto es 1 500 € más).
Ahora cobra 31.500 euros.
En términos reales, está exactamente igual que antes.
Lo importante no es el valor nominal. Lo decisivo es el valor del dinero. Teóricamente, usted puede comprar lo mismo con 31 500 que antes con 30 000 €. Para eso precisamente se aplica el IPC como factor corrector. Un índice de actualización del coste de las cosas.
Pero, si miramos en detalle la próxima declaración de impuestos que deba usted hacer; si los tramos del IRPF no se han actualizado a la nueva base (corregida con ese mismo IPC), parte de ese incremento puede tributar a un tipo superior. Habrá mayor parte de sus ingresos que caigan dentro de un escalón de impuestos superior, puesto que la base imponible es mayor… pero «la vara de medir» no. Artificialmente le han engordado el número de su nómina; pero los impuestos se los cobran con la base de cálculo previa.
Su tipo medio efectivo aumenta. Su cuota a pagar también. Ya no es que pague más (que nominalmente también lo hará); sino que porcentualmente también sube. Esto es así porque los escalones del IRPF recordamos que son progresivamente mayores.
No sólo pagamos más por que tengamos más ingresos. Además pagamos más porque no suben que porcentaje del total nos cobran.
Paradójicamente, hay subidas de salarios que pueden suponer terminar percibiendo menos. Pero que tampoco se solucionan por dejar de percibir más.
No ha mejorado su situación económica.
Sin embargo, su factura fiscal sí ha crecido.
Eso es, en la práctica, una subida encubierta de impuestos.

El efecto acumulativo
Lo verdaderamente relevante no es lo que ocurre en un caso aislado. Piense en todos los efectos multiplicadores que tienen este tipo de aritméticas:
Como poco, esto se multiplica por el total de contribuyentes. Toda persona trabajadora sufre esta subida de impuestos.
Afecta en mayor manera a las personas con ingresos promedios, por ser donde más se acentúa la subida de tipos en el escalado IRPF.
Además, esta subida es acumulativa y anual. No es cuestión de un año aislado por tener un IPC alto. Se multiplica año a año. Especialmente, si el IPC es alto; su importancia se vuelve drástica. Y precisamente si un año el IPC es alto, al siguiente no se detiene por casualidad. Lo que sucede cuando esta situación se prolonga es devastador.
Si durante tres o cuatro ejercicios la inflación es significativa y los tramos no se indexan, el efecto se multiplica.
Su salario nominal sube para no perder poder adquisitivo.
Su presión fiscal efectiva aumenta cada año.
Su renta disponible real disminuye.
Y lo hace sin que nadie haya aprobado formalmente una “subida del IRPF”.
Desde el punto de vista técnico, la decisión de no actualizar los tramos es tan relevante como modificar los tipos. Produce efectos recaudatorios claros.
La diferencia es que no genera el mismo debate público.

¿A quién afecta especialmente?
A todos, en mayor o menor medida. Pero con especial intensidad a:
- Trabajadores con revisiones salariales ligadas al IPC.
- Autónomos cuyos ingresos crecen nominalmente.
- Clases medias cercanas a saltos de tramo.
- Pensionistas cuando se revalorizan prestaciones.
No hablamos de grandes fortunas. Hablamos del contribuyente medio. De todos u cada uno de los contribuyentes.
Y es precisamente ahí donde el efecto pasa más desapercibido. Ya lo decía el refrán: «Mal de muchos…» hace que nadie se de por aludido.
No es ideología, es diseño del sistema
Este análisis no es una crítica política. Es una descripción técnica del funcionamiento este impuesto. Es un afilado detalle de las consecuencias. Es lo que pasa por no mirar las derivadas de una aplicación con el tiempo y con las condiciones previas.
En un sistema progresivo definido en términos nominales, la inflación actúa como acelerador de la recaudación si no se corrigen los tramos. No hay más. Así que, todo lo que sea una alabanza a la subida del valor de las cosas; esconde un peligroso reverso. Un llamado impuesto. Eso si, uno inexistente, pero bastante injusto.
Actualizar los tramos al IPC neutralizaría el efecto.
No hacerlo lo mantiene.
No hacerlo, de forma mantenida con el paso de los años; lo dispara.
Es una cuestión de diseño fiscal.
Y conviene entender el diseño del sistema en el que uno juega.
¿Qué puede hacer usted?
No puede modificar la estructura del IRPF, pero sí puede analizar cómo le está afectando. Todo parte desde la información. Y la información financiera es bastante escasa.
En muchos casos, la diferencia no está en pagar o no pagar impuestos —eso es inevitable— sino en entender cómo se calculan, cómo se optimizan y cómo se planifican determinadas decisiones.
Por supuesto que cabe siempre revisar qué condiciones particulares tiene cada uno en su declaración de impuestos:
- Revisar deducciones autonómicas.
- Analizar la estructura de ingresos si es profesional o empresario.
- Planificar decisiones patrimoniales con visión de medio plazo.
La inflación no solo impacta en el precio de la cesta de la compra. También lo hace en la presión fiscal real.
Y eso exige una planificación más fina.
Conclusión
Cuando el IPC sube y los tramos del IRPF no se actualizan, el resultado es claro: el Estado recauda más aunque los tipos no cambien. No es una opinión. Es una consecuencia matemática.
Y el hecho de permitir que así sea es una salvajada. Otra más.
Que conste que esta crítica no tiene tinte alguno político. Tan malo es ahora como cuando gobernaba cualquier otro que lo permitirea
Ahora bien, más allá del análisis técnico, hay una cuestión de fondo.
Si un Estado necesita recaudar más, tiene herramientas legítimas para hacerlo. Puede modificar tipos, puede reformar tramos, puede plantear una reforma fiscal abierta y debatida… Lo que no debería hacer es utilizar la inflación como mecanismo indirecto de aumento de la presión fiscal sin reconocerlo explícitamente. Porque entonces no sólo es un robo encubierto al ciudadano. Es uno en el que dirán que lo hacían sin saber que lo estaban haciendo. Es un expolio cobarde.
La política fiscal debe ser comprensible para el ciudadano medio. Si el diseño del sistema provoca subidas de facto sin explicación clara, el problema ya no es solo económico: es de confianza institucional.
Porque los impuestos no son únicamente una cuestión recaudatoria. Son un contrato social. Y todo contrato requiere transparencia.
Congelar los tramos en contextos de inflación elevada equivale, en la práctica, a incrementar la presión fiscal sin asumir el coste político de anunciarlo. Y eso erosiona algo más importante que el poder adquisitivo: erosiona la credibilidad.
Una sociedad madura puede asumir debates fiscales complejos. Lo que no debería asumir es la opacidad estructural.
Si la recaudación debe subir, que se explique.
Si los tramos no se actualizan, que se reconozca su efecto.
Si el sistema es progresivo, que lo sea de manera honesta.
La fiscalidad no debería esconderse detrás de la inflación.
Porque cuando las reglas cambian sin decir que cambian, el ciudadano deja de entender el juego. Y cuando el ciudadano deja de entender el juego, empieza la desafección.
Y la desafección fiscal nunca es una buena noticia para nadie.

